La pared de su oficina proyecta ladrillos naranjas que no existen. Son luz, escenografía. Lo verdadero está atrás: diplomas enmarcados, placas, un Pensador de yeso, la foto familiar, un auto de colección en miniatura. Ahí se sienta Alfonso Alberto González Fernández, 64 años, camisa azul, bigote blanco, mocasines lustrados, en una silla de bejuco. Abre las manos y dibuja en el aire. Habla como traza: con escala y pendiente.

El mejor de la cuadra no es el mejor de la colonia

Su primera metáfora la aprendió a ras de suelo. «Puedes ser el mejor jugando canicas en tu cuadra, pero si no le ganas al de la colonia, sigues siendo el mejor de tu cuadra». Hijo de dos maestros —un normalista de civismo al que recuerda siempre leyendo y una educadora de preescolar—, fue el primer nieto en pisar una universidad. Dudó entre ingeniería y arquitectura. Su tío Irán Fernández, dentista, zanjó el asunto: las matemáticas son como entrenar un deporte, se dominan con ejercicio.

La cueva, las sombras, el regreso

Egresó en 1985. Se acercó al Colegio de Ingenieros Civiles del Sureste por una duda menor —cómo cobrar unos honorarios— y se quedó treinta años. De ahí saltó a la Federación nacional, donde ganó por unanimidad, y después al Consejo Mundial: nueve años, 52 países, una firma con la Unesco que le pronosticaron en diez años y cerró en seis meses.

Él lo explica con Platón. Salir de la caverna, ver qué proyecta las sombras y volver a contarlo. «La técnica no tiene colores», repite: el agua es agua para todos, la luz es luz para todos. Esa neutralidad le abrió puertas y le cerró otras. Cuando en Chiapas le preguntaron por las empresas fantasma, respondió que mientras fueran fantasmas no podía opinar; hacían falta datos verificables.

El deseo del genio

Pero el regreso tuvo costo. Su tío se lo advirtió y se lo repitió un viernes, ya vencido por un cáncer de páncreas, un día antes de morir: «no regreses, aquí no hay nada que demostrar». Y le dejó el cuento: un yucateco frota una lámpara, aparece un genio que cumple un solo deseo, pero le dará el doble a su peor enemigo. El yucateco pide que le saquen un ojo.

González Fernández lo enmarca con una frase que un maestro le heredó hace décadas: México es país de toreros y boxeadores, oficios de uno solo contra el mundo. Por eso, dice, no metemos goles: todos quieren meterlo.

Las piedras sirven de cimiento

Se define resiliente, ave fénix, empeñoso. Detesta la oficina con aire acondicionado; prefiere el pie de obra. Guarda un consejo de un alcalde como quien guarda una plomada: el lugar que usted no ocupa, lo ocupará otro. Y otro más, de un desconocido en una fiesta: la suerte pasa cinco centímetros sobre la cabeza de todos, así que nunca dejen de brincar.

El libro “Entre la ingeniería y el ingeniero” nació de la insistencia de sus amigos y de un pudor: que sus hijos tengan constancia. No es una bitácora. Es un legado con una sola tesis —sí se puede— y una tarea pendiente para quien lo lea. A quienes le tiraron piedras, dijo alguna vez, hay que agradecerles: alcanzaron para una buena cimentación.